35 AÑOS

La primera fue Herrera prisión de guerra de Anjel Rekalde, y La vida misma de Paco Ignacio Taibo II, fue la última. Entre ellas, han pasado 35 años, cientos de cubiertas y de interiores, miles de preocupaciones, alegrías, desafíos y anécdotas.
El diseñador Esteban Montorio Monti es uno de los miembros más veteranos del grupo actual de Txalaparta. Ha sido mucho más que «el que hacía las portadas» para la editorial: creó su identidad gráfica y ha vestido cada libro del catálogo, convirtiendo la esencia de las palabras en color y forma. Ha recorrido su camino junto a Txalaparta y, recién jubilado, vuelve por un momento la mirada hacia atrás, antes de seguir ordenando las imágenes de toda una vida.

Eres, en el actual equipo, que más años ha pasado en Txalaparta. Desde esta atalaya, ¿cómo has visto la evolución de la editorial?

No es fácil mantenerse a flote durante tantos años. Pero más difícil todavía es mantener el rumbo. Y creo que la editorial ha conseguido ambas cosas. Creo que la evolución ha ido acorde con los tiempos. Por una parte, los títulos publicados se han ido adaptando a las inquietudes de cada época. Y, por otro lado, si al principio se suplía la falta de experiencia del equipo humano con mucha voluntad y horas de trabajo, ahora puede que todo sea más profesional, pero creo que sigue existiendo compromiso y motivación para seguir adelante. Espero que la singladura continúe muchos años más.

Aunque eres autónomo, el diseño de Txalaparta ha estado a tu cargo, ¿cómo lo hiciste? He oído que había habido una garrafa de vino en medio…

A principios del año 1990 tenía una vida bastante complicada. Me encargaba de la preparación de la maqueta de la revista Punto y Hora de Euskal Herria; acababa de empezar a trabajar como diseñador en la revista Aizu!; estaba esperando mi segundo hijo; seguía estudiando Bellas Artes y mantenía algunas actividades menos confesables. En marzo de ese año, siguiendo la recomendación de Jabi Ubierna, se presentaron en mi caótico estudio en la revista Jose Mari Esparza y Juanjo Marco para encargarme una de las primeras portadas de Txalaparta en su recién estrenada etapa en Tafalla. Para dar más argumentos a la propuesta me traían una garrafa de vino de San Martín de Unx «del que bebían nuestros reyes…». Como negarme. Así nacieron mi primera portada, Herrera prisión de guerra, y esta larga colaboración de 35 años. Lo que no les conté es que en esa época yo no bebía alcohol y que quiénes disfrutaron del contenido de la garrafa fueron mis amigos.

La portada de un libro es más que una imagen bonita: es una herramienta de comunicación”.

Los editores hemos aprendido mucho contigo. Más allá de los aspectos técnicos, nos has repetido una y otra vez lo siguiente: «una portada no debe explicar el libro». ¿Qué debe hacer una portada? ¿Qué hay que conseguir?

La frase no es mía, aunque la he asumido y defendido durante toda mi trayectoria profesional. Es del diseñador gráfico Daniel Gil (1930-2004), autor de las icónicas portadas de Alianza editorial. Y es que el diseño de la portada de un libro ha de tener un valor añadido, realizar una cubierta no es sólo traducir en imágenes los contenidos, ya que se caería en una redundancia, sino que es mejor dar una interpretación personal del texto.

Creo que la portada de un libro es más que una imagen bonita: es una herramienta de comunicación. Es lo primero que ve el lector y muchas veces lo que decide si toma el libro o lo deja. Como diseñadores, tenemos el reto de capturar la esencia de todo su contenido en una sola imagen. No se trata de contar todo, sino de sugerir lo justo. La portada debe conectar con la audiencia, transmitir el tono del libro y generar curiosidad. Tiene que ser coherente con el contenido, pero también visualmente atractiva y original. Al final, la portada forma parte de una experiencia que empieza incluso antes de leer la primera página.

 

¿Eso cuesta hacerlo entender a los escritores? ¿Cómo es la relación con ellos?

Cuesta un poco. Hay que tener en cuenta que un autor ha necesitado cientos de páginas, miles de palabras para contar su narración, su ensayo. Y suele querer que la portada refleje todo ello. Algunos incluso tienen un boceto de la cubierta que quieren. La primera labor es convencerles de que una editorial no es una imprenta. Que confíen en ella, y por tanto en mi, en nuestra experiencia y oficio. Que su libro sale al mundo con un traje nuevo, que va a compartir casa y colección con algunos y mercado con otros muchos. No tengo muy claro si haber leído un libro es mejor o no para diseñarlo. Reconozco que, debido a los plazos de trabajo, no suele ser habitual que tenga acceso o posibilidad de hacerlo.

Mis mejores portadas, con las que me siento más a gusto, son fruto de largas conversaciones con los editores. Ellos sí que han leído los libros, los conocen, y no tienen una implicación tan personal como el autor. Así que mi relación con los autores es bastante limitada, pero con quienes la he tenido, en general, ha sido muy positiva. Con los otros, con los que que igual se ven forzados a aceptar cubiertas que no les gustan en absoluto o que para ellos pueden ser decepcionantes siempre espero que con el tiempo lleguen a identificarse con ellas.

El libro de papel es un refugio que tenemos que seguir manteniendo y cuidando”.

Habrás vivido un montón de historias y anécdotas sobre las portadas. ¿Qué te ha quedado grabado y por qué?

Si, ha habido algunas situaciones curiosas. De la que más me acuerdo es de una portada sin libro. Me explico. Un periodista bilbaino, ya fallecido, había propuesto un libro sobre la invasión yanqui de Panamá, los refugiados vascos en aquel país y el papel del nuncio Laboa. Era un libro de urgencia, muy pegado a la actualidad de unos hechos muy recientes. Había mandado unos folios a la editorial como adelanto y mientras esperaban el resto, me encargaron la portada. Yo la hice, me la aprobaron y quedé a la espera de conocer el número de páginas para enviarla a la imprenta. Pero el tiempo pasaba y no recibían el original. El autor enviaba una excusa tras otra, cada vez más increíbles, hasta que finalmente aseguró que lo había enviado todo a la editorial y que posiblemente se habría perdido en el camino y que desgraciadamente no guardaba ninguna copia más. El tema ya había perdido actualidad así que no hubo libro y me guardé aquella portada. Ahora que lo pienso mejor, poco después hice otra portada para otro libro del mismo autor que aseguró que esta vez iba a tomar precauciones para que no volviera a ocurrir. Pero pasó lo mismo, y también me la tuve que guardar. Años más tarde hizo una tercera propuesta más ambiciosa, de una colección de libros. Pero esta vez se esperó a tener el material completo antes de hacer nada. Menos mal, nunca se recibió y evité trabajar en balde.

 

¿Ha sido difícil adaptar el diseño a las leyes de mercado y a la marcha de la editorial?

Hay dos hechos que han jugado a favor: el ser una editorial independiente y el tener suscriptores. Eso ha permitido no depender tanto de modas ni exclusivamente de la venta en librerías. Pero así y todo creo que los libros y la editorial, y por lo tanto su diseño, se han defendido bien en esa selva que es la industria editorial.

 

¿Qué feedback ha recibido? Habrá reacciones de todo tipo, entre más de mil portadas.

Como buen diseñador, y aunque disfruto mucho con mi trabajo a veces caigo en lo que llaman síndrome del impostor, si a esto le sumamos que me suele parecer mucho mejor lo que hacen los demás… el resultado es que no suelo quedar muy conforme con lo que hago. Menos mal que siempre hay alguna voz que me dice «¡Oye, esto está bien!». Así que en general creo que teniendo en cuenta los medios y presupuestos con los que cuento, el resultado se puede considerar digno.

Luego está la parte más desconocida de mi trabajo, el diseño de los interiores del libro y la elección de la tipografía adecuada para facilitar la lectura sin distraer con adornos innecesarios y que la letra no se haga notar. Es muy bueno que nadie se de cuenta de ella, eso quiere decir que lo estoy haciendo bien.

Por último, si puedo decir que he recibido muchos comentarios positivos de los colofones. He ido variándolos con los años, desde los iniciales que solo incluían datos técnicos, hasta los que hacen mención a hechos históricos, climatológicos, de actualidad, de homenaje…, pasando por las fechas, frases y recuerdos con un significado más personal. Tengo la esperanza de que el lector mire si la última página encierra alguna sorpresa.

 

¿Crees que en general se le da suficiente importancia al diseño? Vivimos en la era de la imagen, pero ¿sabemos apreciarlo/valorarlo/leerlo?

En mis primeros tiempos como diseñador editorial, consideraba mi trabajo como el de un cocinero de imágenes. Nuestro país es reconocido por su gastronomía, con numerosos chefs estrella, en su mayoría hombres. Pero eso no hubiera posible sin una gran cantidad de restaurantes cuya cocina de diario es cosa de mujeres. Siguiendo con el símil, me considero como ellas: un cocinero de menú del día. Soy una parte más de un trabajo colectivo.

En Italia, en un conocido suplemento literario, La lettura, a la cubierta de cada libro reseñado se le da también una calificación. Pero en nuestro entorno, el diseño es una actividad relativamente nueva, y a veces no queda muy clara su colocación exacta en el mapa de las actividades profesionales. Yo he intentado hacer pedagogía y explicar bien lo que hago. Pero todavía hay veces que me presentan como «nuestro portadista», «el que nos hace las maquetas»… Lo seguiré intentando.

Como se puede apreciar en un recorrido por el diseño de las portadas de estos 35 años de Txalaparta, una de tus características es la sorprendente capacidad de innovación. ¿Cómo ha evolucionado el diseño en estos años?

Todos estos años han sido de continuo aprendizaje y observación. Me he esforzado por mantenerme al día de todo lo que se hace, pero no solo en el ámbito del diseño sino en el mayor número de disciplinas posibles, leer mucho, pararme a observar lo que me rodea… no perder nunca la curiosidad. Y sobre todo intentar no caer en modas pasajeras y que mis portadas sean capaces de sintetizar el concepto del libro que visten.

Pero percibo que los nuevos vientos traen antiguas formas de percibir el mundo y me parece que cada vez tiene más fuerza, en todos los ámbitos, lo que se podría llamar un nuevo literalismo. Qué en el caso del grafismo, sería entender únicamente la representación directa y explícita de un concepto visual; lo que complica recurrir a metáforas, simbolismos o abstracciones.

 

Los recursos y herramientas de diseño también han evolucionado de manera notable en estos años. ¿Cómo ha influido esto en la forma de trabajar del diseñador?

Antes hablaba de mi primera portada. La realicé de forma totalmente física, manual, lo que en las exposiciones suelen llamar «técnica mixta»; papel, aerógrafo, tinta, fotocopias, las letras una a una, con Letraset… La llevé personalmente desde Bilbao a Tafalla para que le dieran el visto bueno en la editorial. De allí a la fotomecánica, en Barañain, donde se realizó el montaje final, y se preparó el material para la imprenta: los fotolitos y la prueba de color. Todavía quedaba la vuelta a casa de noche y por una Sakana sin rastro de autopista. La mayoría de ese vocabulario y geografías posiblemente puede sonar a chino a las actuales generaciones de diseñadores. Con el paso de los años las cosas fueron cambiando, llegaron los mensajeros, el fax, los ordenadores personales se hicieron accesibles, los programas de diseño mejoraron y apareció internet. Así que para cuando terminaron la autovía de la Sakana ya no tenía que hacer un viaje con cada portada como en los primeros años. Cuento todo esto porqué sí, han cambiado tanto los métodos como los ritmos de trabajo y todo ello ha influido y mucho en mi trabajo. Antes, los procesos eran más largos, con tiempos de producción más amplios y algunos resultados estaban fuera de nuestro control. Lo cual obligaba a tener más trabajada y pensada la idea antes de empezar. Ahora, esos procesos se han agilizado considerablemente. Hoy controlamos casi todo el proceso y es posible realizar ajustes rápidamente, previsualizar resultados con precisión, jugar con tipografías y composiciones y tener archivos listos para impresión en tiempos mucho más cortos. Antes se valoraba el oficio; ahora, la capacidad de adaptarse. Ambos momentos han tenido sus retos y aprendizajes.

Primera y última portadas para Txalaparta.

¿Cómo ves el panorama actual? ¿No se podría prescindir de la inteligencia artificial?

Son tiempos de profunda transformación, en todos los sentidos. Ya he contado antes los cambios que ha vivido el diseño, pero la mayoría afectaban sobre todo a los instrumentos con los que realizábamos nuestro trabajo. Ahora, con la inteligencia artificial, puede parecer que también es así, que es una nueva herramienta, pero me temo que es algo más. De partida están las malas prácticas. Los modelos de IA han tenido que ser entrenados previamente con información, obras literarias y artísticas para los que la mayoría de las empresas no han pedido la autorización a sus titulares.

Pero lo peor creo que está por venir, y me gustaría equivocarme, estamos en el comienzo de nueva sociedad donde la desinformación, la vigilancia y el control, nos va a hacer más vulnerables y manipulables. Cuanto más dependamos de sistemas inteligentes, más indefensa está la sociedad ante fallos, hackeos o apagones. Es importante destacar que la IA aprende de nosotros, lo que hace que estos temores sean aún más inquietantes. Por eso pienso que el libro de papel es un refugio que tenemos que seguir manteniendo y cuidando.

 

Ahora te has jubilado. ¿Qué planes tienes? No nos creemos que no sigas experimentando…

No tengo intención de pararme totalmente, mi intención es bajar el ritmo. Pero la lista de cosas pendientes es larga…
Quiero retomar proyectos personales que he ido posponiendo por falta de tiempo. También me gustaría saber el número exacto de portadas de libro que he hecho hasta ahora, nunca las he contado y tengo curiosidad por saberlo. Ir leyendo todos esos libros que se amontonan en mi mesilla. Y por supuesto disfrutar de todo ello sin dejar de aprender cosas nuevas. Pero sobre todo sin el estrés de tener que cumplir con unos plazos.

Garazi Arrula
Ane Eslava

Publicado en la revista Txalaparta

Verano de 2025

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